
Hay algo extraño en proponernos un objetivo y descubrir, con el tiempo, que nosotros mismos hacemos difícil alcanzarlo.
No hablo de aquello que depende de otra persona o de condiciones externas que no podemos modificar. Hablo de situaciones más simples y, al mismo tiempo, más difíciles de explicar. Queremos hacer algo, está dentro de nuestras posibilidades y, sin embargo, lo postergamos, lo abandonamos o repetimos acciones que ya sabemos que no funcionan.
Ahí aparece una contradicción interesante: la persona que quiere conseguirlo y la que no hace aquello que necesita para conseguirlo son la misma.
O, por lo menos, viven dentro del mismo individuo.
Una contradicción bastante antigua
Esta discusión no es nueva. En la filosofía griega aparece un concepto llamado akrasia, que suele traducirse como debilidad de la voluntad. Aristóteles lo desarrolla en la Ética a Nicómaco a partir de un conflicto que, dicho de manera sencilla, todavía resulta bastante familiar: una persona puede considerar que algo es lo mejor para ella y, aun así, terminar actuando de otra manera.
No hace falta entrar demasiado en Aristóteles para reconocer la escena. Sabemos que queremos hacer algo. Incluso podemos saber qué tendríamos que hacer. Pero entre ese saber y la acción aparece una distancia.
Lo interesante es que más de dos mil años después la contradicción sigue ahí. Podemos tener más información, métodos, agendas, aplicaciones, recordatorios y estrategias para organizarnos. Nada de eso elimina necesariamente esa distancia entre lo que decimos querer y lo que finalmente hacemos.
El deseo también merece ser revisado
Hay una tentación bastante lógica frente a esa contradicción: si quiero algo y no lo estoy consiguiendo, tengo que descubrir qué me frena y eliminarlo.
Pero esa idea parte de algo que no necesariamente revisamos: que el objetivo es correcto simplemente porque lo deseamos.
Un deseo es también información.
Dice algo de nosotros, pero no necesariamente nos indica hacia dónde tenemos que ir.
Podemos desear algo porque realmente lo queremos, porque creemos que lo necesitamos, porque esperamos sentirnos de determinada manera cuando lo consigamos o porque durante mucho tiempo construimos la idea de que deberíamos llegar hasta ahí.
Antes de convertir todo lo que se interpone en un obstáculo, tiene sentido comprender un poco mejor hacia dónde estamos intentando ir.
Y después está aquello que nos frena
Si ese objetivo sigue teniendo sentido, la contradicción vuelve a aparecer.
Quiero hacerlo. Puedo hacerlo. Pero sigo haciendo lo mismo.
Decir “tenés que probar algo diferente” parece una respuesta bastante evidente. El problema es que una persona no elige entre posibilidades que no puede ver.
Si siempre encuentra las mismas respuestas, insiste con las mismas acciones o vuelve una y otra vez al mismo lugar, no necesariamente le falta voluntad para hacer algo distinto. Puede ocurrir que, desde la manera en que está mirando la situación, no encuentre todavía otra cosa para hacer.
Ahí el obstáculo también empieza a darnos información.
En lugar de pelear inmediatamente contra aquello que nos frena, podemos intentar comprender qué hay ahí. Una inseguridad, un temor, una idea que nunca revisamos, una forma muy arraigada de entendernos o simplemente algo que todavía no sabemos hacer de otra manera.
No hay una respuesta que sirva para todos los casos.
Dos fuerzas que conviven
Volvemos entonces a la contradicción del comienzo, pero desde otro lugar.
Dentro de una misma persona puede existir algo que empuja hacia un objetivo y algo que dificulta avanzar hacia él. Ninguna de esas dos fuerzas tiene necesariamente la razón de antemano.
Entender mejor el deseo puede reafirmarlo, modificarlo o hacer que pierda importancia.
Entender aquello que nos frena puede permitir encontrar otras posibilidades. También puede mostrarnos algo sobre nosotros que no habíamos tenido en cuenta cuando elegimos ese objetivo.
El conflicto deja entonces de ser una pelea entre una parte que sabe lo que quiere y otra que simplemente la sabotea.
Las dos están diciendo algo.
A veces comprender esa tensión permite encontrar una manera diferente de avanzar. Otras veces modifica aquello hacia lo que estábamos intentando avanzar.
No todo lo que nos frena necesita ser vencido. Algunas veces necesita, primero, ser comprendido.
