
Una persona que llega a una sesión de coaching generalmente sabe qué le pasa.
Sabe que hay algo que la frena, una situación que se repite, una decisión que no puede tomar o algo que quiere hacer y no está pudiendo hacer. Convive con ese conflicto, probablemente piensa bastante en él y quizás ya intentó resolverlo de distintas maneras.
La dificultad es que, cuando estamos involucrados en una situación que nos afecta, también estamos atrapados, en alguna medida, en nuestra propia manera de observarla.
Ahí aparece el acompañamiento de un coach.
No como alguien que observa nuestra vida desde afuera y sabe qué deberíamos hacer, sino como alguien formado para sostener una conversación diferente de la que venimos teniendo con nosotros mismos.
Profundizar más allá de lo que aparece
Muchas veces una persona llega al coaching queriendo trabajar sobre algo que ya está ocurriendo: procrastina, tiene miedo, se frustra, no puede tomar una decisión.
Todo eso es real. Pero no necesariamente es el punto sobre el que necesitamos trabajar.
Si alguien dice que quiere hacer algo y sistemáticamente lo posterga, podríamos concentrarnos directamente en modificar esa conducta. Establecer una rutina, fijar horarios o diseñar una serie de acciones.
El coaching ontológico intenta ir un poco más atrás. No necesariamente atrás en el tiempo, sino en profundidad.
¿Qué está haciendo que una persona que dice querer algo no pueda avanzar hacia eso?
No sabemos la respuesta. Puede haber algo bastante puntual o una combinación de interpretaciones, emociones, expectativas, temores o aprendizajes que se fueron construyendo y sosteniendo en el tiempo.
El trabajo del coach no consiste en adivinar cuál es la causa. Consiste en acompañar una exploración que permita comprender mejor qué puede estar generando o sosteniendo aquello que hoy aparece como conflicto.
Escuchar para saber dónde preguntar
Escuchar profesionalmente no significa solamente prestar atención.
El coach fue incorporando distinciones que le permiten detectar determinadas cosas dentro de una conversación: una contradicción, una limitación, algo que aparece como consecuencia de otra cosa, una certeza que quizás nunca fue revisada.
A partir de esa escucha construye interpretaciones.
Esto no significa que sepa qué le pasa al otro. Tampoco que su interpretación sea verdadera.
Significa que puede detectar lugares en los que vale la pena detenerse.
Por eso el coach no es alguien que permanece neutral haciendo preguntas al azar. Interviene desde el momento en que decide sobre qué preguntar y sobre qué no.
La diferencia está en qué hace con aquello que interpreta.
Puede utilizarlo para preguntar, repreguntar, profundizar o incluso compartir una impresión. Lo que no debería hacer es convertir su interpretación en una verdad sobre la persona.
El coach no sabe qué le pasa al otro. Puede saber dónde vale la pena preguntar.
No quedarse con la primera respuesta
Preguntar tampoco consiste simplemente en obtener información.
Una pregunta como “¿cuándo ocurrió?” puede ser necesaria para comprender una situación. Pero el coaching busca especialmente aquellas preguntas que permiten observar a la persona frente a lo que ocurrió.
¿Qué pensaste? ¿Qué sentiste? ¿Qué significa esto para vos? ¿Qué hace que estés tan seguro de aquello que afirmás?
La diferencia parece pequeña, pero cambia el centro de la conversación.
El coaching ontológico no trabaja solamente sobre los acontecimientos. Trabaja sobre quién está siendo la persona frente a ellos.
Por eso tampoco alcanza necesariamente con una primera respuesta.
No porque el coach deba desconfiar de todo lo que escucha, sino porque muchas veces esa respuesta forma parte de la conversación que la persona ya viene teniendo consigo misma.
Profundizar implica animarse a mirar un poco más allá de lo conocido.
Hacer foco
Cuando algo nos afecta, rara vez aparece aislado.
Se mezcla con otras preocupaciones, posibles consecuencias, emociones, relaciones y decisiones. Una cosa lleva a otra y podemos terminar intentando comprender todo al mismo tiempo.
Parte del acompañamiento consiste en hacer foco.
No porque lo demás no importe, sino porque para profundizar necesitamos detenernos en algo.
A veces el trabajo no consiste siquiera en descubrir algo nuevo. Puede consistir en despejar aquello que la persona ya sabía pero que estaba perdido entre demasiadas cosas.
Ese foco puede abrir después un cambio de observador: comenzar a ver algo que antes no veíamos o mirar de otra manera algo que ya conocíamos.
Desafiar sin decidir por el otro
Profundizar también puede incomodar.
El coach no debería evitar una pregunta simplemente porque supone que un tema puede resultar difícil. Estaría decidiendo por la persona qué puede o no puede abordar.
Pero tampoco debería hacer lo contrario: detectar algo que considera importante y forzar a la persona a continuar por ahí.
Los tiempos y el espacio pertenecen al consultante.
El coach puede preguntar, desafiar, volver sobre algo que apareció, señalar una contradicción. Pero si la persona no quiere continuar sobre determinado tema, esa decisión también forma parte del proceso.
Acompañar requiere sostener esa tensión: no evitar la incomodidad, pero tampoco apropiarse del derecho a decidir hasta dónde avanzar.
Acompañar no es resolver
A veces se resume el coaching diciendo que “el coach solamente pregunta”. En la práctica es bastante más complejo.
El coach escucha, distingue, interpreta, pregunta, repregunta, hace foco y desafía. Todo eso constituye una intervención.
Pero intervenir no significa dirigir.
El objetivo no es encontrar rápidamente una solución externa, sino acompañar a la persona para que pueda observarse con mayor profundidad y comprender qué está ocurriendo en ella frente a aquello que quiere hacer, cambiar o decidir.
Una sesión forma parte de ese proceso. Lo que aparece en una conversación puede seguir trabajando después, cuando la persona vuelve a su vida cotidiana.
Porque finalmente el coaching ocurre ahí.
El coach puede acompañar una parte del camino, abrir preguntas, ayudar a distinguir y desafiar algunas respuestas que parecían definitivas.
Pero no puede recorrer el camino por el otro.
Quizás ahí esté una de las particularidades más importantes de este tipo de acompañamiento: intervenir lo suficiente como para abrir nuevas posibilidades, sin ocupar nunca el lugar de quien tiene que decidir qué hacer con ellas.
