Escuchar no es estar de acuerdo. Parece obvio, pero en una conversación se nos olvida con una facilidad bastante impresionante.
A veces alguien dice algo que nos molesta y, antes de que termine la frase, ya estamos preparando la respuesta. No estamos escuchando: estamos haciendo cuentas. Esto que me dijo se contradice con aquello, seguro quiso decir tal cosa, no entiende nada, ahora le explico.
No es un delito. Es bastante humano. Pero vale la pena mirar qué pasa ahí.
Oír y escuchar no son lo mismo
Oír es involuntario. Si hay un sonido y nuestros oídos funcionan, lo oímos. Escuchar implica algo más: una interpretación. Le damos sentido a lo que llega.
Por eso dos personas pueden oír exactamente la misma frase y escuchar cosas muy distintas. Una palabra puede sonar graciosa para alguien y ofensiva para otra persona. Una misma respuesta puede sentirse como un pedido de ayuda o como una forma de esquivar un tema.
El filósofo Ludwig Wittgenstein insistió en que el sentido de las palabras no está guardado de una vez y para siempre dentro de ellas. Depende de su uso, de la situación, de la relación entre quienes hablan. No es lo mismo decir “está bien” en una reunión de trabajo, después de una pelea o mientras alguien se va dando un portazo.
El famoso “ok”
Los mensajes escritos lo muestran bastante bien. Un “ok” puede ser acuerdo, cansancio, apuro, enojo o simplemente un “ya lo leí”. Le ponemos tono, mirada, silencios y contexto a una palabra que no los trae.
No significa que escribir esté mal. Nos comunicamos así todo el tiempo y funciona. Pero pretender saber con seguridad todo lo que la otra persona quiso decir a partir de cuatro letras puede ser una apuesta demasiado ambiciosa.
En las discusiones de redes esto aparece casi como deporte. Leemos una frase, completamos el resto con nuestra propia historia y contestamos a una versión del otro que quizás no es la que estaba hablando.
Estar en desacuerdo también es válido
Una escucha activa no pide que estemos de acuerdo con todo. Si alguien dice algo con lo que no coincidimos, podemos sostener nuestra postura. El punto no es rendirse ni hacer de cuenta que todos pensamos igual.
La pregunta interesante es otra: ¿estoy en desacuerdo con lo que la persona dijo o con lo que supongo que quiso comunicar?
No siempre hace falta abrir una investigación de nueve capítulos para responderlo. Hay vínculos de muchos años en los que conocemos muy bien los códigos del otro. Pero en conversaciones importantes, detenerse a chequear puede cambiar bastante.
Entender una mirada ajena no es validarla ni adoptarla. Es entender un poco más a la persona que tenemos enfrente. Y, en el mejor de los casos, puede mostrar algo que no habíamos visto.
Hablar de la acción, no de la persona
Imaginemos una discusión de pareja, de trabajo o de amistad. Una persona dice: “sos egoísta”. La otra probablemente se defienda, se enoje o devuelva otra etiqueta. La conversación queda atrapada en definir quién es quién.
Hay otra forma posible de decir algo parecido: “esa actitud puntual que tuviste la sentí egoísta y a mí me generó este malestar”. Puede doler igual. Pero cambia el terreno: ya no se está definiendo a la persona entera, se está hablando de una acción concreta y del efecto que produjo.
No es una fórmula que evite todas las discusiones. Sería cómodo, pero no funciona así. Puede, al menos, dejar más espacio para que el otro entienda de qué estamos hablando.
La conversación que también es interna
Todo esto no ocurre solamente con otras personas. También hay una escucha hacia adentro.
Nos decimos “soy un desastre”, “no sirvo para esto”, “siempre hago lo mismo” o “ya fue”. A veces esas frases pasan tan rápido que ni siquiera llegamos a escucharlas. Quedan como títulos pegados sobre nosotros.
Preguntarse qué estamos diciendo, de dónde viene esa frase o si realmente describe lo que está ocurriendo no obliga a encontrar una respuesta inmediata. A veces alcanza con dejar de darla por cierta durante un rato.
Escuchar activamente no es una técnica para volvernos impecables en cada conversación. Es una posibilidad más simple y, por eso mismo, más difícil: intentar entender antes de terminar de responder.
Y si no estamos de acuerdo, tampoco pasa nada. Quizás la pregunta sea si entendimos aquello con lo que estamos en desacuerdo.
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