El coaching ontológico es una disciplina de acompañamiento. Parece una definición breve, pero cada una de esas palabras importa.
No se trata de ayudar a alguien porque el coach supuestamente sabe mejor qué necesita o qué debería hacer. Acompañar es otra cosa: es abrir una conversación para que la persona pueda mirar con más precisión aquello que le pasa, detectar lo que la limita y decidir qué hacer con eso.
Quien consulta puede llamarse coachee, cliente o consultante. Las tres palabras circulan. Más allá del nombre, se trabaja con una persona que trae un tema concreto: algo que se repite, una decisión que no puede tomar, un objetivo que siente lejano, una situación que se volvió incómoda o difícil de gestionar.
El objetivo no es que alguien salga convertido mágicamente en aquello que siempre quiso ser. Tampoco que encuentre una solución exprés. Se busca que pueda tomar decisiones más conscientes y hacerse cargo de aquello que depende de ella.
Un objetivo que puede cambiar
Una persona puede llegar diciendo: “quiero renunciar a mi trabajo y no me animo”. Eso se valida; es el punto de partida de la conversación. Pero no se toma como una verdad cerrada ni como la única salida posible.
Tal vez, al profundizar, aparezca que no quiere renunciar. Quizás necesita cambiar de área, pedir mejores condiciones, negociar un aumento o poner un límite que hasta ese momento no había podido poner. También puede terminar renunciando. No hay una respuesta correcta antes de conversar.
La tarea no es empujar hacia una decisión determinada. Es acompañar para que la persona pueda reconocer qué está buscando, qué posibilidades ve, cuáles no ve todavía y qué consecuencias está dispuesta a asumir.
De lo general a lo concreto
A veces alguien dice que quiere trabajar “la inseguridad”, “la falta de constancia” o “la ansiedad”. Son palabras grandes. Para que una conversación sea trabajable hay que ir acercando la lupa.
¿Inseguridad en qué situación? ¿Falta de constancia para qué? ¿Qué ocurre exactamente cuando aparece ese tema? No es lo mismo no poder sostener el hábito de leer que no poder ordenar una casa o no poder avanzar con una tarea laboral. El tema puede parecer parecido, pero la experiencia y los obstáculos pueden ser completamente distintos.
El acompañamiento se concentra en escenas y decisiones concretas. Desde ahí se puede abrir una mirada más amplia, pero no al revés.
Lenguaje, cuerpo y emoción
La ontología del lenguaje trabaja con tres dominios que se influyen entre sí: cuerpo, emoción y lenguaje. Una conversación no sucede solo con palabras. También aparece en una postura, en un silencio, en la velocidad con la que alguien habla, en un estado de ánimo y en una manera de interpretar lo que le está pasando.
El lenguaje es una puerta de entrada privilegiada. Cuando una persona dice “no puedo”, “me da miedo”, “no soy capaz” o “ya es tarde”, no se trata de corregirle la frase para que suene más agradable. Se trata de preguntar qué está queriendo decir, qué da por hecho y qué lugar ocupa esa expresión en su relato.
Muchas veces el obstáculo no está afuera, o no solamente afuera. Puede estar en una interpretación, en una exigencia, en una creencia aprendida o en una posibilidad que todavía no se pudo imaginar.
Ver algo que antes no estaba a la vista
En esta disciplina se habla de cambio de observador. Suena técnico, pero la idea es bastante cotidiana.
Si miramos un cubo de frente, podemos ver un cuadrado. No es que el cuadrado sea una mentira: es una parte de lo que estamos viendo. Si cambiamos apenas la posición, aparece la profundidad y entendemos que había más información.
En una conversación de coaching puede pasar algo parecido. La persona no necesariamente descubre una respuesta definitiva. A veces detecta una pregunta nueva, una condición que no había considerado o un límite que necesita aceptar. Eso ya modifica la manera de gestionar la situación.
No se trabaja con recetas. Tampoco se trata de que el coach diga qué está bien, qué está mal o cuál es el camino correcto. El coach puede usar su juicio para elegir una pregunta, pero no convierte sus valores en una sentencia para la otra persona.
Quiebres, no problemas
En lugar de pensar solamente en problemas que necesitan una solución, el coaching ontológico trabaja con quiebres: momentos en los que algo deja de funcionar como esperábamos y nos obliga a detenernos.
Una rueda rota se cambia y se sigue viaje. Pero muchas de las cosas que una persona trae no son una rueda. Un miedo, una dificultad que se repite o una interpretación que limita no se sacan y se tiran como una pieza defectuosa.
Puede haber objetivos concretos, por supuesto. Pero antes de correr hacia la meta, a veces hace falta mirar qué está impidiendo avanzar, qué se está evitando nombrar o qué se está dando por imposible.
También hay límites claros. Esta disciplina no diagnostica ni reemplaza el trabajo de profesionales de la salud. Cuando una situación no puede ser trabajada desde un espacio conversacional y de acompañamiento, corresponde buscar el apoyo adecuado para esa situación.
El proceso tampoco busca generar dependencia. Llega un momento en que la persona necesita probar sola, tomar sus decisiones y ver cómo gestiona aquello que estuvo trabajando. No siempre se alcanza el objetivo inicial. Pero puede aparecer algo igual de importante: una decisión más propia, más consciente y menos tomada por inercia.
Eso, aunque no entre en una fórmula rápida, ya es un movimiento.
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