Somos lenguaje: cómo las palabras dan forma a lo que vivimos

Collage editorial de una persona de perfil, hilos, fragmentos y marcas que representan el lenguaje y la experiencia humana
Collage editorial de una persona de perfil, hilos, fragmentos y marcas que representan el lenguaje y la experiencia humana

Decir que somos lenguaje puede sonar exagerado. Después de todo, somos cuerpo. Tenemos emociones, sensaciones, deseos. Podemos sentir un dolor antes de saber qué lo provoca, angustiarnos sin entender por qué o atravesar algo para lo que todavía no encontramos una palabra.

Pero ¿qué hacemos cuando algo de eso nos pasa?

Sentimos un nudo en el pecho y empezamos a preguntarnos qué nos ocurre. Tratamos de entender de dónde viene esa angustia. Pensamos si algo la provocó, cuánto hace que estamos así, qué podríamos hacer para sentirnos mejor.

El nudo en el pecho no es lenguaje. La angustia tampoco necesita una palabra para existir. Pero nuestra manera de relacionarnos con eso que sentimos está profundamente atravesada por el lenguaje.

Dialogamos con lo que nos pasa.

Y no solamente hacia adentro. También interpretamos de manera permanente aquello que ocurre alrededor: una mirada, un gesto, un silencio, una conversación. Incluso cuando no hablamos, producimos e interpretamos significados.

Por eso decir que somos lenguaje no significa afirmar que todo lo que somos son palabras. Significa reconocer que resulta muy difícil comprender la experiencia humana sin el lenguaje interviniendo en nuestra relación con nosotros mismos, con los demás y con el mundo.

Un mundo que aprendimos a nombrar

Hay algo todavía más elemental.

Miramos un objeto y decimos que es un auto. Vemos un color y sabemos que es rojo. Observamos a dos personas levantando la voz y decimos que están discutiendo.

Parece que simplemente describimos lo que tenemos delante. Pero para hacerlo, tuvimos que aprender antes esas distinciones.

En algún momento aprendimos qué llamamos auto, qué llamamos rojo y qué entendemos por una discusión. No nacimos con esas categorías. Las incorporamos viviendo con otros, escuchando, preguntando, observando, equivocándonos y aprendiendo a participar de un mundo compartido.

Después las usamos con tanta naturalidad que olvidamos que alguna vez tuvimos que aprenderlas.

El lenguaje parece limitarse a describir una realidad que ya existe, pero al mismo tiempo nos entrega buena parte de las distinciones con las que podemos reconocerla, ordenarla e interpretarla.

El lenguaje como casa

Martin Heidegger escribió una frase que se volvió célebre: “El lenguaje es la casa del ser”.

No hace falta entrar en toda su filosofía para quedarnos un momento con la pregunta que abre esa afirmación.

¿Qué sería de nuestra experiencia si no pudiéramos interpretarla, nombrarla, relacionarla con nuestra historia o compartirla con alguien?

Heidegger fue parte de un cambio filosófico más amplio que cuestionó la idea de un ser humano aislado, que primero existe y después sale al mundo a conocerlo. Existimos ya en un mundo, con otros, dentro de una historia y de significados que no inventamos desde cero.

El lenguaje forma parte de ese mundo.

Cuando nacemos ya hay palabras, conceptos, relatos y maneras de interpretar las cosas. Aprendemos a vivir también aprendiendo ese lenguaje. Con el tiempo construimos nuestras propias interpretaciones desde nuestra historia y nuestras experiencias.

Por eso dos personas pueden decir exactamente la misma palabra y no estar diciendo exactamente lo mismo.

En la nota anterior sobre ontología del lenguaje desarrollamos de dónde viene esta mirada y por qué el lenguaje no se reduce a una herramienta para comunicar información.

Las palabras no son inocentes

Pensemos en alguien que tenía un objetivo y no logró alcanzarlo. Puede decir: “Fracasé”.

El hecho es relativamente sencillo: había un objetivo y no se consiguió. Pero la palabra fracaso ya incorpora una interpretación de ese hecho.

Para una persona puede significar simplemente que algo no salió como esperaba. Para otra, que perdió el tiempo. Otra puede concluir que no tiene capacidad para hacerlo. Incluso alguien podría pasar de “fracasé en esto” a algo mucho más amplio: “soy un fracasado”. Como si un examen, una relación o una decisión alcanzaran para definir una vida entera. Bastante trabajo para una sola palabra.

Sin embargo, tampoco podemos escuchar la palabra fracaso y concluir de inmediato qué significa para quien la pronunció.

Quizás esa persona dice que fracasó y, al mismo tiempo, está contenta de haberlo intentado. Quizás aprendió qué no volvería a hacer, descubrió capacidades que no sabía que tenía o simplemente decidió que ese objetivo ya no le interesa.

Una palabra puede darnos información, pero también puede abrir preguntas.

¿Qué significa para vos fracasar? ¿Qué perdiste? ¿Qué quedó de esa experiencia? ¿Qué aprendiste? ¿Qué hace que uses esa palabra y no otra?

El lenguaje no debería ser diagnosticado. Puede ser investigado.

Las palabras también pueden limitar lo que vemos

Algo parecido ocurre con las metáforas. Decimos que estamos “en un pozo”, que “cargamos una mochila” o que estamos “contra las cuerdas”.

Las metáforas son extraordinariamente útiles. Condensan una experiencia compleja en una imagen que los demás pueden comprender rápido. Pero, justamente por eso, también pueden esconder información.

¿Qué significa para vos estar en un pozo?

Cuando dejamos por un momento la expresión conocida y tratamos de explicar de forma concreta qué nos pasa, pueden aparecer diferencias que antes estaban encerradas dentro de una frase.

Esto no significa que existan palabras correctas y palabras incorrectas. Tampoco que podamos transformar nuestra vida reemplazando una palabra negativa por una positiva. Si considero que algo fue un fracaso, repetir que “en realidad fue un aprendizaje” no cambia necesariamente nada.

La cuestión es observar qué interpretación sostengo cuando utilizo determinadas palabras y qué posibilidades aparecen desde esa interpretación.

Porque el lenguaje puede abrir posibilidades, pero también puede cerrarlas.

Escuchar el lenguaje

Este es uno de los motivos por los que el lenguaje ocupa un lugar central en el coaching ontológico.

Un coach no puede entrar en la cabeza de otra persona. Tampoco sabe de antemano qué le pasa ni debería sacar conclusiones simplemente porque usó determinada palabra. Trabaja con lo que aparece en una conversación.

Escucha cómo esa persona cuenta aquello que le sucede, qué interpretaciones hace, qué juicios sostiene, qué palabras utiliza, qué distinciones aparecen y cuáles parecen no estar disponibles.

Y pregunta.

No para reemplazar una interpretación por otra que el coach considere mejor, sino para que la persona pueda investigar aquello que ella misma está diciendo. Eso es parte de lo que entendemos por acompañar en coaching ontológico.

Una palabra puede ser simplemente una palabra. También puede contener una manera de observar una situación que llevamos tanto tiempo repitiendo que dejamos de verla como una interpretación.

Ahí el lenguaje deja de ser solamente aquello que usamos para contar nuestra experiencia. Se convierte también en un lugar desde el cual podemos observarla.

Y esa escucha no sirve únicamente en una conversación de coaching. En la vida cotidiana, escuchar no es estar de acuerdo; a veces es apenas el gesto de frenar antes de creer que ya entendimos lo que el otro quiso decir.

¿Qué seríamos sin lenguaje?

Somos cuerpo. Somos emociones. Somos sensaciones. Tenemos experiencias que aparecen antes de poder ponerlas en palabras.

Decir que somos lenguaje no necesita negar nada de eso.

La pregunta es qué ocurre cuando ese cuerpo siente, cuando aparece una emoción, cuando algo nos preocupa, cuando recordamos lo que vivimos, cuando imaginamos lo que puede suceder o cuando intentamos comprender quiénes somos.

Interpretamos. Distinguimos. Nombramos. Preguntamos. Construimos explicaciones. Conversamos con otros y también con nosotros mismos.

Vivimos en un mundo que ya estaba lleno de significados antes de nuestra llegada y, mientras vivimos, participamos también en la construcción de nuevos significados.

Quizás por eso decir que somos lenguaje sea algo más que hablar de nuestra capacidad para comunicarnos. Es también una manera de preguntarnos qué significa ser humanos.

¿Qué quedaría de nuestra experiencia, tal como la conocemos, si quitáramos de ella el lenguaje?

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El lenguaje no da respuestas cerradas. A veces deja una pregunta trabajando.

En el blog seguimos pensando las conversaciones, los quiebres y las formas en que interpretamos lo que vivimos.

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